
Sentado junto a la ventana de su vida el viejo veía el viento y las gotas de lágrimas pasar, la alegría de aquel invierno concretaba toda ilusión de felicidad, del poder finalizar el sueño que tanto lo perpetuaba y atormentaba. Su rostro usado por el tiempo y sus manos ásperas demostraban el esfuerzo que sostuvo por largos periodos, y sus cabello blanco no eran más que pinceles de una familia rica creada por él. La vida sólo le regalaba el respiro y el suspiro de cada mañana… hoy todo acababa. Pena no sintió por partir tan lejos… sólo daba gracias por estar ahí presente. Cuando el sol se dirigía a su ocaso y la luz tenue hacía más difícil la definición de las cosas, veía sólo lo que quería por última vez… la conoció desde su inocencia y hoy parte de la mano con ella. Quería terminar su vida sabiendo que todo lo que hizo fue por tal mujer y sólo quería que ella supiese eso… no lo quería dejar partir y se aferró aún con más fuerza. Con su otra mano acarició su rostro y con pausa le dijo “hoy entiendo que sólo he venido hasta aquí por tu ojos que me aman y tu boca que me dice todo, por tu brazos cálidos y por el vientre que me entregó tu fruto. Por tu cabello que me dibuja la música de tu andar y por tus piernas que me seducen cada vez que vienes hacia mí. Por tus palabras que solamente me dejan en silencio y por tu canto, que tantas noches me ha dejado sin aliento. Eres la razón de mi vida, eres el amor de mi vida” y con su último suspiro su vida comenzó de nuevo y sus dudas volvieron a resolverse cuando vieron aquel rostro… tu rostro… su boca, tu boca… su canto, tu canto…
Te quiero hoy y te quise ayer…
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